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Un mismo símbolo que esclaviza y libera. Una forma de afrontar la vida, una señal de libertad para las mujeres que eligen llevarlo y, sin embargo, un ejemplo del machismo más cruel para la mayor parte de los occidentales, ¿qué es el hiyab?
Objeto de cientos de debates, el velo es el símbolo religioso más extendido por el Islam, aunque persas, griegos, romanos e incluso cristianos lo lucieron como signo de distinción social. Siglos después, seguimos debatiendo acerca de lo que, por si solo, simplemente es un trozo de tela. Diferentes gobiernos europeos incluso han prohibido su uso en los lugares públicos, alegando que las prácticas religiosas deben darse con total libertad pero en lugares privados, respetando así los estados laicos.
La polémica está servida
El velo divide a la sociedad entre los que apoyan el uso del hiyad y los que lo rechazan. Los primeros cuentan con más de un motivo para utilizarlo: obligaciones con sus familias y maridos, mostrar su condición de musulmanas a la sociedad o incluso negarse a enseñar públicamente su cuerpo… existen tantos motivos como mujeres deciden llevarlo. Un único símbolo se ha convertido al mismo tiempo en la bandera de féminas que, como Salima Abdeslam (diputada de Melilla), lucen el velo en su reivindicación feminista y también en algo a erradicar por aquellos que lo ven como una esclavitud. Salima usa velo porque para ella “es libertad, una forma de que se nos valore como personas y profesionales, y no como un cuerpo o un jarrón”. Afirma, también, que la verdadera integración llegará cuando llevar velo no sea tema de debate, un motivo discriminatorio o algo que defina a una mujer.
¿Lucha feminista o represión religiosa?
Quizá el problema sea el gran abismo que divide a las sociedades. Las occidentales del siglo XXI valoran y muestran su cuerpo orgullosas de su feminidad, mientras que hay musulmanas que lo ocultan para conseguir ser valoradas simplemente por su interior. A pesar de las afirmaciones de cientos de mujeres que deciden lucirlo, el hiyad tiene un trasfondo religioso mucho más allá de la libertad que dicen vivir. Un inmenso abismo separa a las féminas que deciden llevarlo y a las que en Irak, por ejemplo, tienen que ponérselo al salir de casa. Mujeres que no pueden olvidarse, tampoco, de llevar un hombre a su lado, aunque se trate de un varón de dos años. Dos formas diferentes, para muchas, de entender la lucha feminista de los últimos años. Dos maneras distintas de enfrentarse como mujeres al día a día. Es cierto que existen féminas esclavizadas por un trozo de tela, pero también las hay sometidas al reflejo de su cuerpo en los ojos de los demás. La mejor forma de posicionarse es conociendo en profundidad ambas opciones, porque aunque escondan su rostro tienen voz suficiente para contarnos sus motivos. Y nosotras tenemos que enfrentarnos a entender su realidad.
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